Los convenios de colaboración son algo necesitado por todo proyecto, por muy personalista que sea. Necesita ser habitable. No hay otra forma y mucho menos si este proyecto pretende tener un componente social –aquí me refiero a estar presente en la sociedad, más allá de su bondad o aporte social, tal como conocemos hoy estos conceptos-.

Ni Ulises hubiera regresado nunca a Ítaca si no hubiera contado con la colaboración y benevolencia de Atenea o la participación de Telémaco, la ayuda de Eumeo, la benevolencia de Zeus o el silencio de Euriclea. Lampedusa escribió su Gatopardo en la más estricta soledad pero sus personajes salieron de todo el mundo que había habitado –usando las palabras de Chillida- hasta entonces y fue la apuesta decidida de Giorgio Bassani como asesor y director editorial de Feltrinelli, que logró que el manuscrito se publicara póstumamente, quien abrió las puertas a una de las mayores obras maestras de la literatura del siglo XX y no solo él, fue Visconti el artífice de su popularidad, quien al convertir la novela en una gran película la hizo conocida en el mundo entero. Monet quería regalar sus grandes cuadros de los “nenúfares” al Estado Francés como conmemoración de la victoria después de la I Gran Guerra; fue la combinación del arte del gran maestro impresionista y la probada capacidad política de Clemenceau quienes hicieron posible el museo de la Orangerie, uno de los más bellos templos del arte, en París, ¿en dónde si no? El primer cable submarino entre Europa y América no fue cosa de uno, aunque uno llevara el liderazgo, fueron muchos los que participaron y se tomaron el relevo en cada obstáculo del proyecto. El recuento sería infinito y nos llevaría por caminos, maravillosos sin duda, pero se alejarían demasiado de nuestro rumbo inicial.

Partiendo pues que nada puede existir en la más absoluta soledad y nada puede dar frutos sin la participación de unos o muchos, es evidente que la puesta en marcha de cualquier proyecto, tenga una perspectiva empresarial, social o simplemente lúdica, necesita de la colaboración de los otros y sobre todo en el mundo empresarial, para asegurar su efectividad, los convenios de colaboración son una pieza esencial.

Cuando la colaboración –colaboración que, para los efectos de estas líneas, tendrá básicamente un carácter empresarial- se realiza a través de una sociedad, la forma más habitual de documentar esta colaboración es a través de una pacto de socios –o accionistas, que viene a ser lo mismo- y cuando los acuerdos se quieren documentar a través del objeto y los participantes, con independencia o no de la existencia de una sociedad- se suelen denominar, más genéricamente, convenios de colaboración. En el primer caso, el centro del acuerdo está en la sociedad y su funcionamiento como herramienta indispensable del proyecto empresarial, en el segundo caso, la mirada se posa más en los participantes y a sus compromisos para hacer viable, y exitoso, por supuesto, el proyecto. En ambos casos puede existir sociedades, pero lo que los diferencia es el foco, más que el contenido.

En los dos tipos de acuerdo los temas a tratar son parecidos pero en un caso, las acciones se instrumentan a través, y por mor, de la sociedad, en el segundo a través de las personas, una definición más detallada del proyecto y las razones, sean del tipo que sean, que mueven a los participantes a colaborar en este proyecto. No hay una mejor que otra, simplemente lo que cambia es la mirada o mejor dicho, la perspectiva, que no es poco aunque lo que se mire sea casi siempre lo mismo.

Puesto que los convenios de colaboración ponen su centro en la colaboración más que en el funcionamiento de aquellas herramientas que la harán posible, es fundamental que se defina con todo el detalle (y definir no es ni mucho menos “encapsular” sino marcar en el mapa a donde nos dirigimos) pues como diría Georges Braque “el compromiso empieza en la definición”. Definir el proyecto es darle un propósito, un sentido y una dirección y sobre ella es hacia donde debe dirigirse la colaboración.

Una vez definido el proyecto, debemos determinar que esperan cada uno de los partícipes de este proyecto y qué espera cada uno de ellos de los demás. Es una relación recíproca y diría que debe ser más o menos equilibrada, en la que a lo que yo me comprometo debe acompañarse siempre con lo que los demás se comprometen. El compromiso tiene que tener un fin común que es el rumbo que nos hemos marcado, pero las prestaciones no pueden –en general- las mismas sino complementarias. La complementariedad y de paso la diversidad, en todo proyecto es fundamental, al fin y al cabo, para repetirnos ya tenemos las fotocopiadoras. También respecto a las personas debe definirse quien forma parte del “núcleo duro” y quienes pueden llegar a formarlo. No es un tema de discriminación, sino de participación y en general, de implicación.

Las tareas deben “recompensarse” y “sancionarse”, puesto que la consecución de los objetivos es fundamental en cualquier proyecto empresarial, y no me refiero a sanciones ni económicas ni patrimoniales ni reputacionales, ni tampoco los premios deben ser económicos, al menos necesariamente económicos, sino que debe preverse un espacio para “rendir cuentas” que no es más que el ámbito en que los colaboradores explican sus esfuerzos, los obstáculos que se han encontrado, las sorpresas, las decisiones que han tomado y en definitiva, sus éxitos y sus fracasos. Nos se trata, o al menos no debería tratarse, de buscar el escarnio público para el derrotado o la entrega de una corona de laureles al vencedor, se trata prioritariamente de dar cuenta de la situación para que la colaboración –que para ser tal debe basarse en la confianza y no en el puro estímulo material, que de eso último se ocupa el salario o la fijación de honorarios- pueda mantenerse y, lo más importante, reajustarse según la realidad de cada momento.

Los convenios de colaboración deben también definir la forma como se tomarán las decisiones más allá de la autonomía decisoria de cada colaboración en la parte de sus competencias, estas decisiones suelen ser las más relevantes y menos condicionadas por el día a día, y son las que permitirán acelerar o disminuir la velocidad, cambiar de rumbo o detenerse a explorar los nuevos territorios que vayamos encontrando en la travesía. Estas decisiones deben ser identificables más que embutidas en un marco estrecho y deben ser aquellas realmente importantes para que las que no lo son no sirvan ni como lastre ni como generadoras de innecesarios conflictos.

Pero, a diferencia de los acuerdos de socios que suelen recoger esto de forma mucho más instrumental a través de ampliaciones, reducciones de capital o compraventa de participaciones, en los acuerdos de socios es fundamental establecer mecanismos para que los colaboradores se sientan siempre parte en el proyecto, proyecto que no puede ser rígido y por lo tanto, necesariamente cambiante. Los convenios de colaboración han de buscar espacios, el entorno, más o menos lúdicos, más o menos festivo o disciplinado, dependerá de cada proyecto o de la personalidad quienes lo componen, para discutir del futuro –lejano o cercano- sea a través de business plan, planes de acción, retos a acometer, nuevos proyectos o cualquier otro mecanismo (los “gurús” organizacionales tiene mucha metodología al respecto). Ningún proyecto puede ser colaborativo si la colaboración se limita a su fundación, por su propia definición la colaboración debe ser continua en el tiempo y eso, más que una simple aspiración tiene que reflejarse como una realidad.

Como siempre, la metodología es infinita, los puntos a contemplar en un convenios de colaboración pueden ser de cualquier tipo y tamaño, en este tema nada está predeterminado y por esa razón los modelos solo pueden servir de inspiración, nunca suficientes. 

Lo anterior es solo una visión demasiado general, hay que reconocerlo, de los elementos sobre los que se sustentan los convenios de colaboración pero sirven como punto de partida para lo que de verdad debe ser un convenios de colaboración, una reflexión sobre el proyecto, sus necesidades y sus colaboradores y esto último, no me cansaré de repetirlo es lo verdaderamente fundamental. Nadie puede llevar a cabo un proyecto en la más absoluta soledad, incluso Robinson Crusoe tuvo que encontrar a Viernes para seguir sobreviviendo.

Juan Ramón Balcells

Juan Ramón Balcells

Abogado de profesión y vocación con una cariz plenamente internacional y con una larga trayectoria y experiencia.

Dejar un comentario